Desde El Churrasco salió el nuevo campeón

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Angel Di María se forjó en el popular vecindario de calles angostas y casas bajas. Es de clase y nivel mundiales, pero conserva la esencia del pibe de un barrio trabajador y también picante

Desarrolló raíces fuertes. Moldeó su temple desde las entrañas de un barrio que aún amalgama humildad con gente muy trabajadora y pibes picantes. Angel Di María es un producto genuino de El Churrasco. O de La Esperanza para los millennials y el resto de la sociedad. Donde las casas son bajas y todas están enrejadas. El paso del tiempo lo fue catapultando e instalando en la élite del fútbol. No fue magia, claro está. Fue a fuerza de sacrificio, que solo el protagonista de esta novela puede describir. De endemoniadas gambetas. Y de letales piques al vacío. Fideo conjuga un presente perfecto. Encantador en realidad. Viene de marcar el gol de la consagración nacional en la Copa América con la única camiseta que logra unir por un rato al gran pueblo argentino. Por más que desde hace varios años se codea con alta sociedad en París y hoy en día viva en un barrio privado de Funes, el ADN marca que ese flaco raquítico que jugaba a la pelota en las calles angostas de Perdriel al 2000 conserva la esencia de pibe criado en una vecindad afilada y que sigue ligado a sus fieles amigos.

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  Las fotos e historias en las redes sociales mostraron durante toda la jornada dominguera a un sonriente Di María saliendo de su residencia en un barrio privado para saludar y agradecer a los vecinos tanta muestra de afecto luego de la conquista de América en suelo brasileño.

  Demás está remarcar que Fideo cuenta con un pasar diferente al de su infancia. Elaboró su propio “imperio” sin pedirle nada a nadie. Fue obrero de su propia construcción. No solo logró jugar en primera como soñó desde que jugaba en El Torito. Se metió entre los grandes de verdad del fútbol a nivel mundial. También se ganó un lugar entre los más destacados del seleccionado nacional. Sea en materia de juveniles como de la mayor.

  La patria futbolera pondera ahora el golazo que le hizo a Brasil en el mismísimo Maracaná en la feliz noche del sábado. Pero ese volante ofensivo que saltó a la fama en Central y luego hizo pata ancha en Benfica y Real Madrid no olvida sus orígenes. Menos por ser uno de los exquisitos jugadores que viene brillando desde hace varios años en París Saint Germain.

  Cada vez que hace base en nuestra ciudad se pega una vuelta por las calles del barrio que fueron su cuna. Se sigue juntando con la banda de pibes, pese a que están conectados por un grupo de Whatsapp. “Nacer en la Perdriel fue y será lo mejor que me pasó en la vida”, es la frase que tatuó Angelito en el antebrazo izquierdo y deja sentado lo que siente su corazón. Ese mismo que no olvida cuando las paredes blancas de la casa quedaban negras por el hollín de la carbonería que tenía su papá Miguel. El mismo que hace dos años no ve a su hijo.

  “Estamos todos muy contentos, por la alegría para la gente y para estos chicos que apostaron todo”, afirmó don Di María, quien además confesó: “Creo que va a volver (a Central). Pero todavía no, le faltan un par de años”.

  Otro bastión clave en el crecimiento de Angelito radica en la figura de Diana. “Mi mamá es la que me llevaba en bicicleta, es la que me dio la vida”, contó Fideo una y mil veces sobre esa tenaz y aguerrida mujer que “pedaleaba todos los días para llevarme al entrenamiento en Central. Imaginen esto: una mujer andando por todo Rosario, con un pibe atrás y una nenita adelante, más un bolso deportivo, con mis botines y algo de comer en el canasto de adelante. En subida. En bajada. Pasando por los barrios más difíciles. Bajo la lluvia. En el frío. De noche. No importaba. Mi mamá sólo seguía pedaleando”, acotó el exjugador canalla.

  El destino fue poniendo todo en su lugar. Todo a su tiempo. Hoy, la historia es diferente. Angel ya se quitó de encima esa pesada mochila que arrancó en el Mundial Brasil 2014 cuando no pudo jugar la final por una lesión y una presión de Real Madrid. El mismo karma que lo siguió en la Copa América de Chile 2015 y Estados Unidos 2016. Parecía que el final feliz de la película que comenzó con un capítulo de privaciones de chico no llegaría jamás.

  Pero llegó. Fue la noche del sábado. En Brasil. En Río de Janeiro. En el templo sudamericano: el Maracaná. Di María hizo el único gol de la final que ganó Argentina ante el dueño de casa y quebró además 28 años sin títulos para la selección mayor.

  Di María ahora respira paz. Sabe bien que se comió cientos de críticas injustificadas. Que fue resistido sin sentido. Sin embargo, jamás claudicó. Sacó a relucir el temple que forjó en un barrio afilado y humilde como El Churrasco, donde la sabiduría callejera se come a cualquier libro.

  Sí, desde El Churrasco. Esa misma vecindad del noroeste rosarino donde las casas son bajas, están enrejadas y las calles son angostas. Sí, de ahí salió el nuevo campeón.


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