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El gobierno sufrió una paliza ante el espacio castigado hace dos años por su fracaso. En el agobio económico sin respuesta de la mitad de la población asoma una clave de ese vaivén

Los resultados de las elecciones de ayer permiten muchas interpretaciones. Una muy elemental se profundiza comicio tras comicio. Y es que se revalida una vez más el descalce entre estructura económica y régimen político. Se toma como un dato más pero es lo que define el comportamiento electoral. La mitad de la población argentina malvive con padecimientos económicos agudos. Ante la falta de respuestas a demandas estables ese movimiento de un lado a otro se asemeja a la búsqueda a tientas de un sonámbulo.

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A dos años de haber ganado una elección con holgura el gobierno de Alberto Fernández sufrió una paliza. El espacio que lo derrota ahora había sufrido su paliza dos años antes tras ganar en la elección previa.

¿Por qué pasa esto? Porque la mitad de los argentinos vive en el agobio, en la falta de futuro y en la desesperanza. Y porque a ninguna fuerza política en esas condiciones le alcanza para ganar con la adhesión propia. Un enorme caudal de votos que no está ceñido a identificaciones históricas o emocionales se desplaza en vaivén. Hace que los que ganen hoy pierdan en la próxima.

Los datos centrales de la estructura social argentina parecen una anécdota. Pero son los que empujan este desplazamiento frenético de un lado al otro. La mitad de la población argentina activa está en la informalidad laboral. Una familia de dos adultos y dos hijos necesitó 67.300 pesos en agosto para no caer en la pobreza. Casi la mitad de los argentinos no reúne eso. La inflación interanual de los últimos doce meses fue del 51.8 por ciento. Los salarios en blanco promedio no se mueven ni a la mitad de eso. El 50 por ciento de la población activa no tiene recibo de sueldo.

Estamos en el ciclo interminable del voto castigo. Un nucleamiento gana. A los dos años pierde. Lo supera el que había sido barrido con votos en los comicios últimos. Los que arrasan ahora son derrotados rápidamente. Es el mito de Sísifo. Se llega con la piedra a la cima pero en la cima la piedra se cae.

El gobierno de Macri fue un desastre para los sectores de ingresos fijos. También destrozó a la industria manufacturera con la apertura de controles a la importación y la liberación cambiaria, creció el desempleo y el ciclo de la inflación fue imparable. Eso gravitó en forma decisiva para su derrota en 2019. Pero ya con el cambio de gestión, y con el peso ineludible para el análisis de la pandemia, el deterioro del salario real fue del 23 por ciento. Y a nadie que tenga 40 o 50 mil pesos para vivir se lo puede contener diciéndole que el crecimiento industrial es de casi al ocho por ciento. Lo admitió esta mañana críticamente el dirigente oficialista Fernando “Chino” Navarro. Porque no le afecta la vida material ni emocional.

“La novedad en la Argentina es la gente que quedó en la banquina”, dijo el sociólogo Juan Carlos Torre en la Revista Ñ este fin de semana. Este académico con 50 años de trabajo sobre la estructura social del país dijo que la política en Argentina parece no advertir el descomunal nivel de esa mutación. La también socióloga Celia Kleiman le señaló al periodista Diego Genoud. “Hoy la gente no está pensando cómo llega a fin de mes sino a la primera semana del mes. Venían muy castigados del anterior gobierno y esto no lo han solucionado. El voto joven representa un tercio del electorado. El goce del joven del conurbano hoy no está en las relaciones sexuales ni en liberar el uso de la marihuana, sino en comer. No se está acertando en lo empático”.

Lo que se desprende de estos itinerarios es que la política en Argentina parece no advertir, por el nivel de las respuestas ofrecidas, la descomunal dimensión de esta mutación social. La mitad de los argentinos con el culo en la lona.

En 2019 el peronismo había ganado en 18 provincias sobre 24. Ayer ganó solo en seis. La paliza fue aplastante en los distritos más poblados del país. En las Paso de 2019 la derrota de Macri había sido arrolladora. Este camino frenético de un lado al otro en tan poco tiempo es la marca de una anomalía. La gente no se siente escuchada y va tanteando por una mejora a las tensiones familiares que produce el agobio económico, pidiendo protección, buscando una esperanza. La porción del electorado que se sumó a los adherentes más estables del peronismo para hacer ganar a Alberto Fernández decidió retirarse. Es un colectivo parecido y fluctuante que había buscado, sin encontrarlas, respuestas en Cambiemos.

El ciclo de la legitimidad democrática se sacude en una inquietante incertidumbre cuando ir de un lado a otro no hace encontrar algo. Es trillado señalarlo pero pasó con los estallidos enormes y recientes en Colombia y Chile donde la política representativa se venía dirimiendo hace décadas entre dos coaliciones principales sin que la fractura social de esos países dejara de ensancharse. Las categorías de sociedades cercanas no traen promesas de armonía. Ese deambular electoral puede estar marcando desesperación más que racionalidad. Divorcio entre estructura económica y régimen representativo. Sólo la política dará respuesta.


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