El padre de la criatura fue un solista que le dio vuelo propio al socialismo local

Historias de vida de un dirigente austero que construyó un esquema de poder desde un partido pequeño. El socialismo extrañará su presencia

El socialismo, como José Sacristán en aquella perla ochentista llamada “Solos en la madrugada”, debería decir: “Somos adultos, ya no tenemos papá”. Hermes Binner fue el padre y el arquitecto de una construcción política exitosa, de un nuevo modelo de gobernante. Hecho en Rosario, con dimensión nacional, pero sin ese éxito global que debió haber tenido.

   La historia política de Binner es conocida y está reflejada en otras páginas de esta edición, pero hay un Hermes cotidiano que a este periodista le tocó conocer. Historias. Historias de vida. Escenas políticas de un solista de la política santafesina. Tal vez del primer solista, al punto de convertirse en el primer gobernador socialista de la historia.

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   El del médico socialista es un caso de análisis en determinadas capillas universitarias de ciencia y consultaría política. Hay libros —como el que escribió Hugo Haime— destinados a poner en palabras la tracción electoral de los dirigentes mas populares. Como cuando lo levantó en las encuestas a Antonio Bonfatti, primero para ganarle la interna a Rubén Giustiniani, y luego para derrotar a Miguel del Sel.

Compromiso

Un tórrido 24 de diciembre de 2008, en la Delegación Rosario de Gobernación, Binner dio una idea clara de su compromiso partidario, al jugar el resto para que Bonfatti sea su sucesor: “Claro que me voy a poner al frente de este proyecto, como antes lo hice por Giustiniani. Mire, en esa campaña jugué tan a favor de tener un senador socialista que a Reutemann le dije cosas que ahora no me quiero ni acordar”. Aquello le valió la enemistad permanente del Lole, quien no quería ver al socialista ni a doscientos metros.

   En el comedor de la austera vivienda de Binner, en la calle San Juan, hay solamente dos fotos que se vinculan con la política, en una está Guillermo Estévez Boero y en la otra un cartel, encuadrado, que dice “Los inundadores”. Porque así también era Binner, bravísimo a la hora de hacer campaña.

   El ex intendente de Rosario fue el padre de una criatura exitosa y el arquitecto de un proyecto asentado en la descentralización administrativa de la ciudad y el sistema primario de salud. Fue un constructor desde la gestión.

   Después de las elecciones primarias de 2015, luego de una entrevista formal, admitió: “Mire, la salud pública rosarina ya es tomada como un derecho ganado por la gente. Con eso, no ganamos mas. Hay que cambiar, hay que ir hacia cosas que le sirvan en el aquí y ahora”.

   El día después de las primarias en que el PRO derrotó ampliamente al Frente Progresista, a las ocho de la mañana, Binner se apareció por la Municipalidad, fue al salón central, se sentó en una de las cabeceras y dijo: “Bueno muchachos y muchachas, ahora vamos a proyectar la campaña para ganar la general”. Y Mónica Fein siguió siendo intendenta cuatro años más. Perspicaz, fue Binner quien rescató a Pablo Javkin tras la derrota en la interna. Ambos, le dieron forma a la campaña final.

   Una tarde calurosa de verano, Binner, entonces gobernador de Santa Fe, le tiró una primicia de las buenas a este periodista, pero no había dispositivo para dejar registrada la declaración. “Escríbala igual en el diario. Se lo digo yo”, le aconsejó al entrevistador. “Pero, doctor, ¿y si usted mañana me desmiente?”, replicó el periodista. “Con las críticas que usted me hizo, ¿alguna vez lo desmentí?”, respondió. Tema saldado.

   Una vez por año, Binner invitaba a unos pocos (un asistente y dos periodistas) a comer asado en su casa. Un quincho humilde en el fondo del patio. De short de baño, medias y chinelas (fue precursor del look de Roberto Lavagna en Cariló), asaba colita de cuadril y tira de asado. Una modesta morcilla dulce era el aperitivo. El que no quería tomar vino, o era abstemio, debía conformarse con un sifón de soda. Mientras llegaban los dos periodistas, el líder socialista amenizaba el vermú con una achura para cuatro. De verdad, era austero.

   Con una emisora de tango como fondo, uno de los dos cronistas le preguntó en una de esas tendidas gastronómicas y de off the records, cómo se preparaba para la interna con los radicales: “Para los radicales, tengo esto”, dijo, mientras se paraba como un guapo del novecientos, con el cuchillo de cortar la carne apuntando al horizonte.

   Binner cuidaba al detalle hasta su pertenencia futbolística leprosa, diciendo que era hincha de Atlético Rafaela. Precisamente, en una gira de campaña con Javkin en Rafaela terminaron los dos insultando al aire cuando Newell’s perdió por penales con Atlético Mineiro. Cosas que pasan.

Víctima de la grieta

Juan Carlos Zabalza y Antonio Bonfatti fueron sus amigos de la política. Con ellos empezó y terminó su historia. Una historia jalonada por grandes victorias, pero con un final que no merecía. Binner salió relegado en las últimas elecciones que compitió a senador nacional, víctima de la grieta que llegó para quedarse.

   Entre noviembre y diciembre de 2015 le diagnosticaron la enfermedad. El primer episodio del derrumbe en su salud fue en un acto de Costa Salguero.

   Luego, sufrió mucho las filtraciones que le llegaban respecto de que estaba enfermo y algunos intentos para que sea de nuevo candidato a gobernador en 2015. Se había bajado de las elecciones nacionales.

   Anunció desde la ciudad de Buenos Aires que rechazaba la posibilidad de ser postulante a la Presidencia, se tomó un avión que aterrizó en Fisherton a la hora de la cena. Y se fue con un buen amigo a comer pizza a un tradicional reducto gastronómico de la zona sur. Esa noche lo llamó Daniel Scioli para ponerse a disposición.

   “Nunca pensé que esto me iba a pasar a mí”, le confió a un asistente, una de las pocas veces que habló de su enfermedad.

   Estas historias mínimas, sencillas, casi de intimidad, muestran a un hombre diferente del resto de la clase política. Ni mejor, ni peor: diferente. El liderazgo se nota en los militantes históricos del socialismo que ayer tuvieron uno de los peores días de su vida. Era un hombre querido.

   Binner parecía extraído de un blibliorato uruguayo. Médico, austero y socialista. Un día de septiembre de 2002, Binner, Reutemann, Jorge Obeid y Eduardo Duhalde compartieron un asado bajo los árboles de la Quinta de Olivos. No en el quincho, sí bajó la fenomenal arboleda.

   “Che, Hermes, vas a ser candidato a gobernador?”, le preguntó el presidente de la Nación, con la corbata a la altura del pecho y un vaso con Terma a tope. “Lo que pasa es que tenemos ley de lemas. No se la recomiendo para que la imponga a nivel nacional”, le dijo el socialista a Duhalde. “¿Y por qué no derogan esa ley de mierda”, repregunto el caudillo bonaerense. “Eso pregúnteselo a Reutemann, presidente”. Entonces, Duhalde socializo la pregunta levantando la voz: “Lole, dice el flaco que le saques de encima la ley de lemas”. “Che, Lole, dice el Flaco que le saques de encima la ley de lemas”.

   Reutemann se pasó las dos manos por los ojos. Tenía sueño. Miró a su derecha y pasó la pelota a siete metros, donde estaba sentado Jorge Obeid, con un par de obeidistas. “Preguntale al Turco, que es el candidato a gobernador”, se sacó de encima el abrojo. Obeid se levantó de su silla y se golpeó el pecho: “Eduardo, Lole, la máxima peronista dice: lo que sirve no se toca”. Binner hizo un gesto con las manos. Se preguntaba qué hacía ahí. Habría anuncios de “obras para la provincia”, según Protocolo de Presidencia.

   Luego, ya sin ley de lemas, Binner se convirtió en el primer gobernador socialista de la provincia de Santa Fe. Había desalojado al peronismo del poder tras 24 años. Ni más, ni menos.