Binner, el liderazgo de un hombre respetable más allá de los propios

Protagonista central del cisma del Partido Socialista Popular (PSP) en 1993, cultivó un estilo de conducción singular y sin estridencias.

De todos los recuerdos posibles, por capricho, asoma uno. Fue una tarde tan gris como la de ayer, la de un sábado de 1993, en el Círculo Católico de Obreros de Rosario. Un puñado de no más de 30 dirigentes saltaba en el salón de actos, en el estruendo saturado de una marcha que escupían unos parlantes lastimando los oídos. En el medio un hombre largo como un junco bailaba con tan poca gracia que resultaba gracioso. Se lo notaba tan contento como los otros que se movían junto a él.

   Ese día el Partido Socialista Popular se partía finalmente sincerando una posición insostenible de hacía dos años. El intendente Héctor Cavallero había iniciado un camino de acuerdos que coronaba con el respaldo de Carlos Menem para disputar la Gobernación. La mayoría de la militancia socialista no iba a acompañarlo. Las diferencias tenían más historia que ese detalle y por economía de espacio quedarán para otra vez. Pero en el grupo que rompía surgía un liderazgo algo exótico que duraría veinticinco años. En política la unanimidad es una incongruencia. Con esa salvedad se podría decir que fue el liderazgo de un hombre respetable más allá de los propios.

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   Aquel día del Círculo Católico Hermes Binner, el que bailaba como si fuera invertebrado, no podía imaginar donde acabaría el impulso de ese acto. Piglia decía que no existen actos decisivos sino después que han sucedido, cuando han sido narrados. Tal vez sea otro capricho narrar que Binner recogió ahí un envión que ya no lo sacó de la mayor visibilidad política. Cuando encabezó la lista de concejal con ley de lemas al otro sector del partido lo derrotó ocho a cero. Le ganó una elección interna a Cavallero holgadamente. Y en 1995, a los 52 años, fue elegido intendente.

   Tendrá centralidad la mención del esquema de salud del que fue pieza y artífice, porque lo recorrió del primer peldaño al último, como médico, director de hospital, secretario municipal, intendente y gobernador. Pero seguro que no le gustaría ser pensado como un factor concluyente de nada. Justamente en lo que creía, como lector de Norberto Bobbio que era, es que la democracia debe implantar sistemas de gestión que perduren en su eficacia para el bienestar comunitario, por encima de hombres o mujeres providenciales. Que a veces, desde luego, mal no vienen.

   El diseño en Salud acaso desplace de un necesario foco a otros dos esquemas fundamentales de política pública que tuvieron su sello. Uno es la administración en Promoción Social que implicó la extensión a cada rincón de la ciudad de un tendido de redes vecinales que ya había impulsado fuerte Cavallero. Para eso convocó a numerosos trabajadores sociales sin preguntar su filiación política. La otra intervención pública que cambió para siempre la relación de los vecinos con la Intendencia fue el Plan de Descentralización Municipal, que acercó las reparticiones del municipio a los barrios con los centros de distrito, dando una respuesta en la prestación de servicios que fue una novedad antes que en ninguna otra ciudad del país.

   Cuando ganó las elecciones de 1995 campeaba la duda sobre si pasaría la prueba de la autoridad. “Lo tumban con el primer paro de la UTA”, decían. Pero si había que pintar la raya de cal agarraba el balde y la brocha. Lo hizo el fin de semana antes de asumir en el Palacio de los Leones ante un rápido planteo de los trabajadores municipales. “No voy a cogobernar con el sindicato”, anunció. Pero tuvo dos gestiones donde el diálogo fue el mecanismo constante. Y en un país que se caía a pedazos y recortaba salarios atravesó la pradera arrasada del 2001 sin replegar las políticas sociales ni apretar las tuercas sobre los trabajadores públicos.

   De gobernador no cambió en eso. Y fue audaz para medir a factores estables del poder. Una gestión puede tener como logro lo que no pudo lograr. Eso fue la reforma tributaria que buscó y no obtuvo. “En el neoliberalismo todos los impuestos son distorsivos. Hay que ver qué distorsionan”, dijo por esos días de 2008. Propuso un esquema que no descargara tanto peso en el comercio y que gravara con más rigor a la construcción, el sector agropecuario y la industria. No pasó el cedazo de la Legislatura. Antes, a través de su secretaria de Ingresos Públicos, sacó a la luz deudas millonarias en el Inmobiliario de grandes puertos cerealeros del Gran Rosario que no blanqueban sus ampliaciones de infraestructura, detectadas con fotos satelitales.

   No quedará libre de reproches. El más fuerte le recriminará su déficit en seguridad, un área para la que llegó sin agenda clara y con políticas erráticas. Es cierto. También que el problema acuciante que marcó en especial al sur provincia sobre 2010 en adelante, el narcotráfico, es resultado de complejas interacciones sociales y económicas, con sus principales actores criminales largamente conocidos cuando asumió. Y que es un campo que exige trabajo mancomunado y paciencia de largo plazo.

Personalidad singular

Su liderazgo fue extraño porque su personalidad fue singular. No generaba grandes adhesiones, por fuera de los incondicionales, con su discurso. Aunque podía ser gracioso, a veces a su pesar, no tenía un sentido del humor cautivante. Era parco al extremo de abrir grandes los ojos ante un comentario para ahorrarse palabras. No era carismático en el sentido adjudicado tradicionalmente a un líder político. Pero en cada barrio cuando lo veían llegar el magnetismo con la gente era una espontánea evidencia. Tanta gente que lo conoció mencionó ayer con gratitud emocionada una anécdota propia, una demanda respondida, una escucha. Erró sin dudas, pero no fue un yacimiento de promesas. Y lo que contribuyó a hacer queda como patrimonio público del que será muy difícil retroceder. Es lo mejor que puede esperar un dirigente político.

   Todo el mundo sucumbe hoy a la alusión en primera persona. Por mi trabajo traté con él casi tres décadas. La última vez que lo vi fue hace unos cuatro años. Hacía fila en una farmacia de Córdoba y Santiago esperando su turno. Al tanto de los eclipses de su memoria, temí que no me reconociera. Pero me saludó, conversamos hasta que lo atendieron y se despidió. Dijo que un día de estos podríamos comer un churrasco.